La alienación en la era del algoritmo
Arte: Yukai Dui
La alienación en la era del algoritmo
Marx reveló el encubrimiento de las relaciones laborales. Ahora, este fenómeno adquiere una nueva forma. Los dispositivos digitales ocultan el ejercicio del poder y la acumulación de riqueza, sugiriendo que todo es fluido y sin fricciones; por lo tanto, no hay nada que discutir.
.
Por Reynaldo Aragón y Wagner de Lara Machado
//outraspalavras.net
Título original:
La materialidad de lo invisible: comportamiento, poder y alienación en el capitalismo algorítmico
.
El mundo que fue hecho para parecer inmaterial.
Existe una sofisticada mentira en la forma en que el mundo contemporáneo se presenta. Todo parece ligero, fluido, inmediato. La experiencia digital se ofrece como transparencia. Interfaces sin fricciones, respuestas instantáneas, atajos. La sensación predominante es la de un mundo que se autoorganiza, como si la materialidad hubiera sido superada.
Pero esta ligereza se produce.
Lo que parece inmaterial es resultado de una operación histórica concreta. Las plataformas, los sistemas de recomendación y las arquitecturas de interfaz se diseñaron para reducir la fricción entre el sujeto y el mundo. Lo que desaparece no es solo el esfuerzo. También desaparece el intervalo en el que surgen la duda, la comparación y el conflicto interno.
Esta operación depende de una sólida base material, alejada del ámbito de la experiencia inmediata. La infraestructura técnica, las cadenas de producción, la energía, la minería, la mano de obra distribuida y el mando corporativo sustentan lo que parece fluidez. Nada de esto ha desaparecido; simplemente se ha desplazado fuera de la percepción.
Marx ya había demostrado que, en forma de mercancía, las relaciones sociales tienden a manifestarse como relaciones entre cosas. El fetichismo no borra la materialidad; la reorganiza para ocultar sus determinaciones. En la actualidad, este proceso se está profundizando. No es solo la mercancía la que oculta el trabajo; es la experiencia misma la que oculta sus condiciones de producción.
Este es el cambio decisivo. En el capitalismo industrial, la alienación podía ubicarse dentro del espacio de producción. Hoy, impregna la forma en que se percibe el mundo. No se trata solo de ocultar el trabajo, sino de organizar la experiencia de tal manera que este ocultamiento ni siquiera parezca un problema.
El resultado es un mundo sin resistencia aparente. Cuando todo se presenta como un flujo continuo, desaparece la percepción de que haya algo que disputar. El mundo deja de vivirse como una construcción histórica y comienza a experimentarse como un entorno dado.
Darle materialidad a este escenario no significa reducir la experiencia a la técnica. Significa revelar que lo que parece espontáneo es producido, que lo que parece ligero está sostenido por estructuras pesadas y que lo que parece natural es el resultado de relaciones de poder.
.
Marx en el siglo XXI: Rescatando el materialismo de la niebla digital.
Si el mundo se presenta como ligero e inmaterial, el gesto teórico necesario no es abandonar a Marx, sino retomarlo sin concesiones. No como referencia, sino como método.
El capitalismo no se ha vuelto inmaterial. Se ha vuelto menos visible.
La digitalización de la vida social no ha disuelto el capital. Ha ampliado su alcance y perfeccionado sus formas de ocultamiento. Lo que ha cambiado no es la estructura, sino la apariencia. Y es precisamente contra esta apariencia que el método de Karl Marx conserva su poder.
Marx nunca aceptó el mundo por lo que aparenta ser. Su crítica parte de un principio simple y radical: las formas sociales ocultan las relaciones que las producen. Una mercancía no es meramente un objeto; es una relación social condensada. El fetichismo consiste en hacer desaparecer esta relación en apariencia.
El capitalismo algorítmico implica extracción de datos, predicción de comportamiento, plataformas, propiedad de infraestructura, publicidad programática, modelos de recomendación y mercados de atención. En el capitalismo algorítmico, por lo tanto, el mecanismo descrito por Marx se profundiza. Las relaciones dejan de ser meras cosas y comienzan a ser experiencias. La interfaz reemplaza al objeto. El flujo reemplaza a la estructura. La personalización reemplaza la determinación. El sujeto no solo consume; experimenta.
Y es precisamente ahí donde la crítica encuentra su mayor dificultad.
Porque lo que se interioriza no es solo el producto, sino también la forma social. La experiencia se presenta como propia, como una elección, como una expresión individual. Lo que desaparece es el hecho de que esta experiencia estaba previamente organizada.
Reivindicar el materialismo en este contexto implica situar el problema en su terreno real. Detrás de la experiencia personalizada se esconden infraestructuras, modelos de negocio, regímenes de propiedad y formas de mando. La era digital no inaugura un espacio neutral, sino que reorganiza, a una nueva escala, las mismas relaciones de poder.
Pero este rescate requiere desplazamiento.
Si la crítica clásica se centraba en la producción industrial, hoy debe adaptarse a la expansión del capital en el ámbito de la experiencia. La atención, la comunicación, el ocio y la subjetividad se integran en el circuito de valorización. El capital ya no se limita a la fábrica; estructura la vida cotidiana.
Es en este punto donde la lectura de György Lukács cobra relevancia hoy en día. La reificación ya no se limita al mundo exterior, sino que impregna el campo mismo de la percepción. Lo que se naturaliza no es solo la relación social, sino también la forma de experimentarla.
Por lo tanto, rescatar el materialismo no es un gesto académico. Es una postura.
Esto significa que, incluso cuando todo parece fluido, existe una estructura.
Incluso cuando todo parece una cuestión de elección, hay determinación.
Incluso cuando todo parece experimental, hay producción.
Una producción que no ha desaparecido. Simplemente ha pasado de moda.
.
De la alienación de primer orden a la alienación de segundo orden
La teoría de la alienación de Karl Marx sigue siendo el punto de partida, pero ya no es suficiente. En su formulación clásica, el trabajador se aliena del producto, del proceso y de sí mismo. Lo que produce se vuelve autónomo y lo confronta como una fuerza externa. La alienación es material, concreta y localizada.
Esta estructura se mantiene. Pero ya no es suficiente.
En el capitalismo algorítmico, la alienación no comienza con el producto, sino antes. No se trata solo de lo que el individuo hace y que escapa a su control, sino de las condiciones bajo las cuales percibe, desea y decide, las cuales son organizadas por estructuras externas.
Es este desplazamiento el que define la alienación de segundo orden.
Si la primera separaba al trabajador del mundo que producía, la segunda lo separa de las condiciones a través de las cuales ese mundo se hace perceptible. La experiencia deja de ser un terreno relativamente abierto y se estructura mediante sistemas que operan antes de la conciencia. El sujeto continúa actuando, pero dentro de un horizonte previamente configurado.
La alienación de segundo orden puede definirse como el proceso por el cual los sujetos se separan no solo de los productos de su actividad, sino también de las condiciones sociotécnicas que organizan su percepción, atención, deseo y toma de decisiones.
Esta configuración es técnica y está en constante evolución.
Las plataformas, los algoritmos de recomendación y las interfaces adaptativas no solo muestran contenido. Definen la relevancia, anticipan intereses y estabilizan trayectorias. Lo que aparece y lo que desaparece no es fortuito; se produce.
El efecto es directo. El intervalo entre estímulo y respuesta se comprime. La decisión no desaparece, pero se acorta. La duda no se resuelve, se evita. El mundo se presenta como una secuencia de opciones obvias.
Y es en este punto donde la alienación se intensifica.
Porque lo que se experimenta como autonomía puede ser la forma más eficaz de limitarla. El individuo elige, pero elige dentro de un marco estructurado. La libertad no se suprime, sino que se enmarca.
Este proceso, a una escala diferente, retoma la crítica de Herbert Marcuse a la reducción de la negatividad. La diferencia radica en que ahora esta reducción se operacionaliza. Los sistemas ajustan continuamente el entorno para reducir la desviación y estabilizar las respuestas.
La alienación de segundo orden no reemplaza a la primera, sino que la profundiza.
El trabajador permanece separado del producto. Pero ahora también se distancia de las condiciones que le permitirían reconocer esta separación. La consciencia deja de ser simplemente un espacio para la mediación crítica y se integra parcialmente en el mismo mecanismo que la limita.
El resultado no es un recipiente vacío. Es un sujeto que siente, piensa y decide dentro de un campo progresivamente estructurado por lógicas que no controla y que, a menudo, ni siquiera percibe.
Nombrar este proceso lo hace visible.
Porque su fuerza reside precisamente en no presentarse como una ruptura, sino como una continuación silenciosa de la experiencia cotidiana misma.
.
Fricción cero: la ideología de la fluidez como forma de poder.
La ausencia total de fricción se vende como progreso. Menos esfuerzo, más velocidad, decisiones más rápidas. Interfaces que eliminan obstáculos y hacen que todo fluya. La promesa es simple: hacer la vida más fácil.
Pero esta promesa conlleva un ejercicio de poder.
La fricción no es simplemente un problema técnico. Es una condición de la experiencia. Es en la fricción donde el sujeto duda, compara y reflexiona. Es en el intervalo entre el estímulo y la respuesta donde se forma la decisión. Al eliminar este intervalo, se elimina no solo el esfuerzo, sino también la mediación.
En el capitalismo algorítmico, la ausencia de fricción deja de ser una opción de diseño para convertirse en un principio organizador. Las plataformas anticipan acciones, sugieren caminos y reducen las alternativas. No solo facilitan, sino que guían.
Este movimiento se basa en lo que B.F. Skinner describió como el control de contingencias. El comportamiento no surge de una voluntad aislada, sino de un entorno que organiza estímulos y refuerzos. En el capitalismo digital, los principios de modulación del comportamiento no se presentan como un laboratorio explícito, sino como una arquitectura de contingencias integrada en la interfaz. El refuerzo sigue siendo relevante, pero se programa, se supervisa y se ajusta mediante sistemas que aprenden de patrones de respuesta agregados. En el escenario actual, este entorno es técnico, dinámico y se ajusta continuamente.
Los algoritmos observan, prueban y recalibran las respuestas en tiempo real. Estos sistemas no eliminan la lógica consecuencial del refuerzo; en cambio, organizan, anticipan y ajustan las contingencias de refuerzo en tiempo real.
La ausencia de fricción es la condición ideal para ello.
A menor fricción, mayor previsibilidad. A mayor previsibilidad, mayor capacidad para captar información. El sujeto siente que sigue su propio ritmo, pero ese ritmo ya está estructurado.
Esta lógica se relaciona con la crítica de Evgeny Morozov al solucionismo. Reducir la complejidad a problemas técnicos elimina el conflicto y, con él, la toma de decisiones. Sin conflicto, no hay política.
El mundo sin fricciones es cómodo. Las decisiones parecen naturales, los caminos obvios. No hay coerción visible. Y es precisamente ahí donde el poder se vuelve más efectivo. Cuando el entorno marca el ritmo, no hay necesidad de imponer.
La ideología de la fluidez no afirma que el mundo esté libre de fricción. Produce una experiencia en la que la fricción desaparece de la superficie, aunque permanece activa en las estructuras que la sustentan.
Es en este entorno donde se afianza la alienación de segundo orden.
Porque cuando el mundo deja de resistir, el individuo también pierde el punto desde el cual podía cuestionarlo.
.
Metaintermediación algorítmica: cuando la mediación comienza a organizar la realidad.
La mediación fue en su momento un intervalo. Un espacio entre el sujeto y el mundo, donde la información se filtraba, se enmarcaba y se transmitía. Existía poder, pero podía localizarse. Era posible identificar el punto de tránsito.
Este modelo ya no describe el presente.
Hoy en día, la mediación ya no se basa únicamente en el contenido. Ha comenzado a organizar el propio ámbito en el que algo puede aparecer como contenido. Ya no se trata de seleccionar lo que se ve, sino de estructurar las condiciones de la visión.
Esto es lo que define la metaintermediación.
El cambio es de mayor envergadura. Los sistemas algorítmicos no solo ordenan la información, sino que definen la relevancia, anticipan los intereses y ajustan la experiencia en tiempo real. Lo que parece espontáneo ya está configurado. La experiencia no es simplemente mediada, sino preorganizada.
Aquí, el poder se desplaza de la interpretación a la condición de posibilidad de la percepción.
El sujeto no se limita a recibir información. Habita un entorno preestructurado, donde ciertas experiencias se refuerzan, otras se debilitan y muchas ni siquiera llegan a ser visibles. Lo que no aparece deja de competir por el significado.
Este proceso profundiza la reificación descrita por György Lukács. Si antes las relaciones sociales se presentaban como cosas, ahora la experiencia misma se organiza como un objeto. Lo que se naturaliza no es solo el mundo exterior, sino también la manera misma de percibirlo.
La metamediación opera antes de la interpretación. No se limita a cuestionar el significado de lo que se ve, sino que define lo que se puede ver. La realidad no surge por sí sola; en parte, se configura.
Esta configuración responde a criterios concretos. Los modelos basados en la atención y la participación requieren predictibilidad. Para lograrlo, reducen la incertidumbre, eliminan el ruido y refuerzan los patrones. La diversidad de la experiencia se comprime en trayectorias más estables y explorables.
En este sentido, la metamediación no solo refleja el comportamiento, sino que lo produce.
Al identificar regularidades y reforzarlas, los sistemas consolidan patrones que comienzan a parecer naturales. El sujeto se reconoce en lo que ve, sin darse cuenta de que este reconocimiento fue parcialmente construido. La familiaridad no es espontánea; es el resultado de la adaptación.
Las consecuencias son profundas.
El mundo deja de ser un terreno común y comienza a experimentarse a través de distintos regímenes de visibilidad. No solo existen múltiples interpretaciones, sino también múltiples mundos perceptivos. Lo que es fundamental para algunos, simplemente no existe para otros.
La metaintermediación funciona, por lo tanto, como una infraestructura silenciosa de poder.
Ella no se impone. Se inscribe a sí misma en forma de experiencia.
Y es a este nivel donde se consolida la alienación de segundo orden.
Porque cuando las condiciones de percepción se organizan externamente, la capacidad misma de reconocer esa organización se ve limitada.
El sujeto continúa percibiendo.
Pero te das cuenta de esto dentro de un campo que ya ha sido estructurado.
Y es precisamente esta estructura la que deja de ser visible.
.
Entre contingencias y códigos: el tecnoconductismo del capitalismo digital
El capitalismo contemporáneo no solo utiliza el conductismo, sino que lo operacionaliza. El capitalismo algorítmico incorpora, a escala técnica y económica, principios compatibles con la modulación del comportamiento: observación continua, ajuste de contingencias, refuerzo intermitente y optimización de la respuesta.
Lo que B.F. Skinner consideraba una teoría de la modulación del comportamiento se convierte aquí en una infraestructura técnica orientada a la exploración. El principio es bien conocido: el comportamiento no surge de una voluntad aislada, sino de la relación entre el organismo y el entorno. Los estímulos y los refuerzos moldean las respuestas a lo largo del tiempo.
Actualmente, este entorno se construye, se supervisa y se ajusta a gran escala.
Las plataformas funcionan como sistemas de contingencia continuos. Cada acción genera datos. Cada dato alimenta los modelos. Cada modelo reorganiza el entorno. El comportamiento ya no se observa simplemente; se calibra en tiempo real.
El refuerzo es el eje.
Los «me gusta», las notificaciones, las recompensas variables y las recomendaciones no son detalles de la interfaz. Son mecanismos de modulación. Fomentan la repetición, reducen la variación y estabilizan las trayectorias. El comportamiento se registra en el momento en que ocurre y se reintroduce inmediatamente como datos para guiar su propia continuidad.
El ciclo no termina. Mejora.
La diferencia con el conductismo clásico es crucial. En Walden Dos, existía una ingeniería conductual explícita asociada a un proyecto social. Aquí, la ingeniería es invisible y distribuida, guiada por la lógica de la acumulación.
El objetivo no es crear individuos. Es hacer que el comportamiento sea explotable.
La atención, el compromiso, la retención y la respuesta se cuantifican, modelan y monetizan. El individuo no solo consume, sino que también produce datos, alimenta los sistemas y se convierte en el objetivo de una intervención continua. Su vida cotidiana se integra en el circuito de valoración.
Esto altera la experiencia en sí misma.
La distinción entre acción y condicionamiento se desdibuja. El sujeto siente que actúa libremente, pero lo hace en entornos diseñados para guiar esa acción. La libertad no desaparece; se moldea.
El tecnoconductismo da nombre a este punto.
No se trata solo del uso de conceptos conductistas, sino de su incorporación a la arquitectura de los sistemas. El comportamiento se convierte en un elemento estructural del funcionamiento técnico. No es un objeto externo, sino parte del mecanismo mismo.
Aquí es donde toma forma la alienación de segundo orden.
Cuando el entorno que moldea el comportamiento se ajusta continuamente mediante sistemas que operan fuera de la conciencia, el individuo comienza a actuar dentro de un campo que no controla. Responde, aprende y se adapta. Pero las condiciones de este proceso siguen siendo opacas.
Lo que está en juego no es solo el control del comportamiento.
Se trata de capturar las condiciones que lo hacen posible.
Y esta captura no se presenta como una imposición.
Se presenta como una experiencia.
.
La consciencia como campo de batalla: guerra híbrida, operaciones psicológicas y soberanía cognitiva.
Cuando la modulación del comportamiento se convierte en infraestructura, deja de ser un mero problema técnico y se transforma en un instrumento de poder. En este contexto, las estructuras de interacción comercial se convierten en infraestructuras de influencia. En consecuencia, estas mismas infraestructuras son explotadas por actores políticos, económicos o militares.
Lo que parece una optimización de la experiencia revela, en otra escala, una lucha permanente por la organización de la percepción colectiva. La consciencia deja de ser un mero dominio individual y comienza a operar como un territorio estratégico.
Aquí es donde cobra sentido la noción de guerra híbrida.
Los conflictos contemporáneos no se limitan al ámbito militar. Integran dimensiones informativas, psicológicas, económicas y tecnológicas. El objetivo no es solo derrotar al adversario, sino perturbar su capacidad para interpretar la realidad y actuar en consecuencia.
La alienación de segundo orden encaja precisamente en esta categoría.
Si la percepción, la atención y la toma de decisiones están estructuradas por sistemas técnicos, entonces desafiar estos sistemas equivale a desafiar la experiencia social misma. No se trata solo de influir en las opiniones, sino de intervenir en las condiciones en las que se forman.
Esta lógica acerca las plataformas a las operaciones psicológicas.
Tradicionalmente, las operaciones psicológicas se llevaban a cabo de forma localizada, en contextos específicos. Hoy en día, esta capacidad se integra en infraestructuras permanentes, operando a gran escala y con un alto grado de personalización. La intervención deja de ser episódica para convertirse en continua.
La frontera entre la guerra y la normalidad desaparece.
La modulación de la percepción no solo se produce en tiempos de crisis. Está presente en la vida cotidiana. El individuo no es simplemente el objetivo de las campañas. Vive en entornos que ya organizan la visibilidad, la relevancia y la circulación.
Estos entornos no son neutrales.
Favorecen estados afectivos que intensifican la participación y reducen la reflexión: indignación, miedo, pertenencia, urgencia. Emociones que estabilizan el comportamiento y amplían la circulación. El resultado es un entorno propicio para la polarización y la inestabilidad interpretativa.
Esta inestabilidad no es casualidad.
Ella puede someterse a cirugía.
La capacidad de amplificar conflictos, dirigir flujos de información y modular percepciones crea las condiciones para la intervención estratégica. La desinformación no actúa de forma aislada; está integrada en un ecosistema que ya favorece su propagación. El problema no reside únicamente en el contenido falso, sino en el entorno que lo hace efectivo.
La conciencia colectiva se ve permeada por capas continuas de mediación.
El individuo interpreta el mundo basándose en información que ya ha sido filtrada, priorizada y organizada por sistemas que no se presentan como tales. La autonomía interpretativa no desaparece, sino que se condiciona.
Es aquí donde la soberanía cognitiva emerge como un problema central.
Si la percepción y la toma de decisiones dependen de infraestructuras técnicas, entonces controlar estas infraestructuras se convierte en una cuestión política fundamental. Quien organiza el entorno organiza el horizonte de lo posible. Quien define lo que aparece define, en parte, lo que se puede pensar.
La alienación de segundo orden describe con precisión este escenario.
No se trata simplemente de un fenómeno social, sino de una condición estratégica en la que la propia capacidad de reconocer la disputa se ve afectada por las estructuras que la organizan.
El campo de batalla no está afuera.
Influye en cómo el individuo percibe el mundo.
.
Contra el relativismo: materialismo histórico-dialéctico y realidad objetiva.
Ante la complejidad del presente, surge una evasión recurrente: disolverlo todo en lenguaje, fluidez o interpretación. El mundo se describe como un campo abierto de significados, sin estructura, sin determinación, solo disputa simbólica.
La crítica materialista no niega la dimensión discursiva de la realidad social. El problema surge cuando el discurso se absolutiza y se separa de las infraestructuras, las relaciones de propiedad, las formas de trabajo y los regímenes técnicos que condicionan su circulación.
Esta interpretación produce efectos precisos, pero a menudo perjudiciales.
Debilita las críticas.
Cuando todo es interpretación, nada es estructura. Cuando todo es discurso, el poder pierde forma. El análisis se dispersa en la superficie, dejando intacto el mecanismo que la organiza.
El problema no es meramente teórico. Es político.
Sin referencia a la materialidad, la crítica pierde rumbo. Sin estructura, no hay punto de intervención. El resultado es una crítica que describe el mundo, pero no lo confronta.
Es en este punto donde el materialismo histórico-dialéctico se vuelve esencial.
No como dogma, sino como método riguroso para comprender la realidad. Las formas sociales no son meras construcciones discursivas. Se fundamentan en relaciones materiales, procesos históricos y estructuras de poder que operan independientemente de la percepción inmediata.
En el capitalismo algorítmico, esto es inevitable.
Las plataformas no son meros espacios de circulación simbólica. Son infraestructuras técnicas, controladas por corporaciones, organizadas según modelos de negocio e integradas en cadenas de producción globales. Sus efectos en la percepción y el comportamiento no pueden explicarse únicamente mediante narrativas, sino también por las arquitecturas que estructuran la experiencia.
La alienación de segundo orden podría ser comprendida mediante interpretaciones relativistas precisamente porque aborda la percepción y la subjetividad. Aquí radica la importancia del rigor.
No se trata de negar la experiencia.
Se trata de rechazar su naturaleza abstracta.
La percepción, la atención y la toma de decisiones no existen al margen de condiciones específicas. Se forman en entornos estructurados por la tecnología, las instituciones y los intereses. Lo que parece interno al individuo está, en gran medida, vinculado a determinantes externos.
Reconocer esto no elimina la singularidad de la experiencia. Pero impide que se la trate como un campo autónomo, separado de la realidad social.
El materialismo no simplifica el mundo. Lo hace inteligible.
Nos permite articular distintos niveles de realidad sin disolverlos en un flujo indistinto. Nos permite identificar la estructura donde hay apariencia, la determinación donde hay elección y la producción donde hay experiencia.
Actualmente, este puesto es aún más importante.
El funcionamiento mismo de estas plataformas depende de un entorno donde la realidad está fragmentada, donde la distinción entre verdadero y falso se vuelve inestable y donde todo parece equivalente. Esta inestabilidad no elimina el poder, sino que dificulta su identificación.
Por lo tanto, insistir en la materialidad de la realidad es un gesto crítico.
No se trata de negar la multiplicidad de experiencias, sino de afirmar que, detrás de ellas, existen estructuras que organizan, condicionan y limitan el campo de posibilidades.
Sin este punto de referencia, la crítica pierde su fundamento.
Y el poder permanece donde siempre ha estado.
.
No se niega la subjetividad: está históricamente situada.
Afirmar la materialidad de la realidad no implica negar la experiencia.
La subjetividad existe. Se vive, se siente, se atraviesa por el dolor, el placer y la contradicción. Hay dimensiones de la experiencia vivida que no pueden ser capturadas completamente por conceptos. Esto no es una limitación del análisis, sino una condición de la experiencia misma.
Desde nuestro punto de vista, no se trata de asumir sujetos completamente determinados, sino de analizar la asimetría entre la capacidad de acción individual y las opacas arquitecturas sociotécnicas.
Pero tampoco es un punto de partida autónomo.
El materialismo histórico-dialéctico no reduce la subjetividad, sino que la sitúa. Las percepciones, las emociones y las formas de interpretar el mundo no surgen de la nada, sino que se forman dentro de condiciones históricas, moldeadas por la tecnología, las instituciones y las relaciones de poder.
El tema se percibe de una manera única.
Pero se siente dentro de un mundo que, en cierta medida, organiza las condiciones de ese sentimiento.
Esta distinción es fundamental.
En el capitalismo algorítmico, la experiencia se sigue viviendo como propia. Pero el entorno que la sustenta se estructura progresivamente mediante sistemas que operan antes de la consciencia. Los estímulos, los ritmos y las referencias se modulan continuamente.
Lo que uno siente sigue siendo único.
El ámbito en el que surge este sentimiento no es neutral.
Esto no convierte al sujeto en un efecto pasivo, pero impide que se le considere totalmente autónomo. La experiencia no está determinada mecánicamente, pero tampoco está exenta de condicionamiento.
La idea de que cada persona conoce su propio dolor y su propio placer sigue siendo válida.
Pero lo que uno es no puede formarse al margen de la historia.
El sujeto se constituye mediante condiciones que definen lo que se puede vivir, percibir y desear. La subjetividad no desaparece; se convierte en un terreno de disputa.
Por un lado, está la experiencia vivida en su singularidad.
Por otro lado, existen estructuras que organizan esta experiencia de una manera predecible y explotable.
Es en este punto donde la alienación de segundo orden se vuelve precisa.
Ella no afirma que el sujeto haya dejado de sentir o pensar. Afirma que las condiciones bajo las cuales se desarrollan estos sentimientos y pensamientos están siendo parcialmente condicionadas por lógicas externas.
La experiencia continúa internamente.
El entorno que lo moldea se está organizando cada vez más.
Situar la subjetividad históricamente es un acto de rigor.
Y también un gesto de establecer un límite.
Estricto, porque impide su naturalización.
Límites, porque reconoce que nunca se comprenderá por completo.
Es en este equilibrio donde el análisis permanece anclado en la realidad.
.
El comportamiento como fuerza productiva y territorio susceptible de explotación.
El eje clásico del capitalismo fue la explotación del trabajo. Este fundamento persiste, pero ya no explica por sí solo el presente.
En el capitalismo algorítmico, el comportamiento se convierte en algo fundamental.
La atención, el tiempo de permanencia, los patrones de interacción y las trayectorias de navegación dejan de ser meros efectos de la vida social. Se integran directamente en el proceso de valoración.
No se trata solo de consumo.
Es producción.
Cada acción genera datos. Estos datos se procesan, se transforman en modelos y se reintroducen en el entorno para guiar nuevas acciones. El comportamiento se convierte en la materia prima de los sistemas que, a su vez, dan forma al comportamiento.
El circuito se cierra.
El individuo participa de forma continua en el proceso productivo, incluso fuera del ámbito laboral formal. El tiempo libre se integra progresivamente en la lógica de la extracción.
El comportamiento comienza a funcionar como una fuerza productiva.
No en el sentido clásico de producción material, sino como base para la creación de valor en sistemas basados en datos y orientados a la previsión. Lo que se produce son patrones. Patrones que permiten anticipar acciones, reducir la incertidumbre y guiar las decisiones.
La predicción se convierte en valor.
Los modelos predictivos son activos estratégicos. Cuanto mayor sea la capacidad de predecir el comportamiento, mayor será la capacidad de intervenir en él.
Pero esta explotación depende de una asimetría.
Los sistemas acumulan información y amplían su capacidad de intervención. El sujeto participa, pero no controla. Produce, pero no se apropia. Su actividad es capturada por un circuito que lo trasciende.
Aquí, la lectura de Karl Marx regresa con fuerza.
El producto de la actividad humana se vuelve autónomo y se presenta ante el sujeto como una fuerza externa. La diferencia radica en que, ahora, este producto adopta la forma de sistemas que aprenden, se adaptan e intervienen.
El comportamiento también se convierte en un campo de batalla.
Si es fuente de valor, está sujeta a modulación. No basta con observar lo que hace el sujeto; es necesario guiar lo que hará.
La intervención no se presenta como una imposición. Se integra en el flujo de la experiencia, mediante sugerencias, recomendaciones y ajustes continuos.
El resultado es la estabilización de las trayectorias.
El sujeto continúa actuando.
Pero dentro de un campo previamente modulado.
Producción y modulación se vuelven inseparables.
Es en este punto donde la alienación de segundo orden encuentra su forma más concreta.
No solo mediante la explotación de la actividad.
Pero capturando las condiciones que guían esta actividad.
.
La materialidad de lo invisible: infraestructura, energía, trabajo y mando.
La apariencia de inmaterialidad depende de una base sólida.
Lo que percibimos como un flujo se sustenta en infraestructuras físicas, energía y mano de obra organizada a escala global. Cables submarinos, centros de datos, servidores, cadenas de suministro, minería, logística. Nada de esto es abstracto. Es material, localizado y estratégico.
También hay trabajo.
Ingenieros, operadores, moderadores, personal de etiquetado de datos. Una parte importante de este trabajo permanece invisible, fragmentada o desubicada. La interfaz parece limpia. La infraestructura subyacente es compleja y requiere mucho esfuerzo.
Este sistema está organizado en función de las relaciones de propiedad y control.
Las grandes plataformas concentran infraestructura, datos y capacidad de procesamiento. Controlan los medios a través de los cuales se transmite la experiencia. Definen el acceso, la visibilidad y la circulación.
La centralización técnica es centralización del poder.
En este punto, la interpretación de Karl Marx vuelve a cobrar relevancia. Las herramientas de mediación digital asumen una función análoga a la de los medios de producción. Quien controla la infraestructura controla las condiciones bajo las cuales se organizan el comportamiento y la experiencia.
La superficie parece irregular.
La estructura está concentrada.
El individuo interactúa con múltiples interfaces, pero pocos actores definen patrones, reglas y criterios de visibilidad. La diversidad de experiencias dificulta la unidad de mando.
También existe una dimensión temporal.
Los sistemas operan de forma continua. Ajustan flujos, procesan datos y recalibran modelos. La experiencia es episódica. El funcionamiento es permanente.
Esta disociación es funcional.
Cuanto más ligera e inmediata sea la experiencia, menos visibles se vuelven sus condiciones de producción. La materialidad no desaparece; simplemente se desplaza fuera de la percepción.
Reconocerlo es una condición para el análisis.
No se trata de reducir lo digital a una mera técnica, sino de comprender que esta técnica está organizada por intereses y que estructura la forma en que el mundo se presenta.
La alienación de segundo orden encuentra aquí su apoyo concreto.
Lo que se experimenta se basa en un sistema que tiene forma, ubicación y dirección.
Y precisamente por eso se le puede hacer frente.
.
Conclusión: recuperar la fricción, recuperar la política, recuperar al sujeto.
Si el capitalismo algorítmico hace que el mundo parezca ligero, el primer gesto crítico es perturbar esa apariencia.
No se trata de negar la experiencia.
Para devolverle su estado original.
La alienación de segundo orden da nombre a este desplazamiento. La explotación no solo afecta al trabajo, sino también a las condiciones de la conciencia. No se trata solo de lo que hace el sujeto, sino del campo desde el que percibe y decide.
La subjetividad no desaparece.
Ella es organizada.
El problema no reside en la mediación en sí, sino en su estructura. Lo que está en juego son las condiciones de la experiencia.
Recuperar la fricción se convierte entonces en un gesto político.
La fricción como intervalo. Como tiempo. Como posibilidad de interrumpir el flujo e introducir mediación. Es en este espacio donde se forma la decisión. Sin ella, la acción tiende a reducirse a una mera respuesta.
Recuperar el control de la política exige reconocer que el ámbito de la disputa se ha ampliado.
No se limita a las instituciones. Incluye las infraestructuras que organizan la percepción. La forma en que circula la información, cómo se distribuye la visibilidad y cómo se construyen los entornos se convierte en un tema central.
Es en este punto donde la soberanía cognitiva cobra sustancia.
Si bien la comprensión y la toma de decisiones dependen de sistemas técnicos, la autonomía depende de las condiciones que estructuran dichos sistemas. Discutir sobre infraestructura, regulación y modelos organizativos deja de ser una cuestión puramente técnica.
Es una cuestión de poder.
Recuperar el tema no consiste en idealizarlo.
Se trata de situarlo.
Un sujeto moldeado por las mediaciones, pero capaz de reconocerlas y actuar en consecuencia. La autonomía no es algo que se dé por sentado.
Es un edificio.
Por lo tanto, la crítica no termina con la denuncia.
Ella apunta a la reconfiguración.
Hacer visibles las estructuras. Aumentar la transparencia. Democratizar el control. Reabrir los espacios para la deliberación.
El capitalismo sin fricciones reduce el intervalo entre el estímulo y la respuesta.
La crítica debe ampliarse.
Es durante este intervalo cuando se forma la conciencia.
Es en este intervalo donde surge la política.
Es dentro de este intervalo que el sujeto puede actuar.
Y es precisamente este intervalo el que hay que recuperar.
En definitiva, este análisis abre varias líneas de investigación: auditoría algorítmica, diseño con fricción deliberativa, infraestructura digital pública, transparencia de los sistemas de recomendación, soberanía de los datos y alfabetización crítica.
.
Referencias:
FARR, Arnold. Conciencia infeliz, unidimensionalidad y la posibilidad de transformación social. Disponible en: https://revistas.usp.br/ts/en/article/view/146519. Consultado el 3 de mayo de 2026.
GARLICK, Steve. Una revisión de Marcuse sobre tecnología y teoría crítica. Disponible en: https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0896920511421032. Consultado el 3 de mayo de 2026.
LUKÁCS, György. Historia y conciencia de clase: estudios de dialéctica marxista. Cambridge, MA: MIT Press, 1971.
MARCUSE, Herbert. Eros y civilización: una investigación filosófica sobre Freud. Boston: Beacon Press, 1955.
MARCUSE, Herbert. El hombre unidimensional: estudios sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Boston: Beacon Press, 1964.
MARCUSE, Herbert. Tecnología, guerra y fascismo. Londres: Routledge, 1998.
MARX, Karl. El Capital: una crítica de la economía política. Vol. 1. Londres: Penguin Classics, 1990.
MARX, Karl. Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Disponible en: https://www.marxists.org/archive/marx/works/1844/manuscripts/preface.htm. Consultado el 3 de mayo de 2026.
MOROZOV, Evgeny. Para salvarlo todo, haga clic aquí: la insensatez del solucionismo tecnológico. Nueva York: PublicAffairs, 2013.
SKINNER, BF Más allá de la libertad y la dignidad. Nueva York: Knopf, 1971.
SKINNER, BF Ciencia y comportamiento humano. Nueva York: Macmillan, 1953.
SKINNER, BF Walden dos. Nueva York: Macmillan, 1948.
.
fuente: https://outraspalavras.net/tecnologiaemdisputa/alienacao-na-era-algoritmo/
Kommentarer
Skicka en kommentar